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UNA CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

El proyecto de Gian Piero Gasperini en la Atalanta B.C. atraviesa por su mejor momento desde que ambos se tomaran del brazo hace cosa de dos años. El equipo, peleando a estas alturas su derecho de volver a viajar entresemana fuera de Italia para jugar al fútbol durante la próxima temporada, es séptimo, al igual que doce meses atrás, pero es que además, sin desestimar por ello esta situación para nada desdeñable en la tabla, permanece vivo en los otros dos torneos en los que se matriculó a inicio de campaña. Pues así, clasificada para dieciseisavos de la Europa League, donde se medirá al Dortmund tras liderar una fase de grupos ante Everton, Lyon y Apollon, el conjunto, además, se ganó a pulso su derecho a disputar las semifinales de Copa al imponerse al Napoli en el mismísimo foro partenopeo.



Gasperini mantiene muchas de sus tan exitosas consignas

El técnico del Piamonte irrumpió en la Atalanta con un modelo por bandera tan anacrónico que muchos, incluso, se aventuraron a (re)bautizarlo como revolucionario. Aunque ya diese cuenta de ello en el Genoa, donde residió cerca de tres años antes de emigrar al norte de Italia, el estilo que aún mantiene vigente el cuadro nerazzurro sigue siendo todo un incordio a la hora de hacer frente para los otros diecinueve equipos que componen hoy en día el primer escalón del Calcio. El mismo, a pesar de haber cambiado a unos cuantos de sus intérpretes con respecto a hace unos meses, preserva la esencia del que habiéndose criado conservador, por mucho que la realidad en la que se encuentre progrese tanto como lo está haciendo el fútbol italiano -donde cada vez son más equipos los que abogan por construir en torno al esférico y no tanto a la protección y arrojo en pos de los espacios-, llegará donde sea necesario con tal de sentirse honesto conforme a sus principios. Pues eso también enriquece el entorno.


De esta guisa, la Atalanta ha optado por seguir construyendo sobre aquello que durante tanto tiempo, con tanto empeño, se desfondó por levantar desde el suelo. Así, como ya hiciera el año pasado, el equipo conserva el dogma que, sin importar quién ni qué proponga el de enfrente, le lleva a conformar una férrea destreza defensiva donde sus diez futbolistas de campo priorizan sus esfuerzos, sin perder de vista el esférico, en marcar y perseguir muy de cerca a su par con premeditación y alevosía. Un sistema, el 3-4-2-1, que la única variante que ha sufrido ha sido prescindir de su ‘9’ en pos de reunir a hasta tres mediapuntas al mismo tiempo. Y el cual, como ya ha quedado probado a lo largo de este año y medio, no está preparado para pasar la mayor parte del tiempo sobre la parcela del contrario. Sino que más bien, en cambio, lo suyo es llegar con muchos y muy rápido para que, como a principios de este mismo 2018 en el Olímpico de Roma, consiga sorprender a su oponente. Pues así es como también se protege.

El equipo, cuando repliega, intenta huir de su propia frontal

La idea, tan pragmática como resolutiva hasta la fecha, está lo suficientemente orquestada como para que, en caso de que un rival consiga evadir una de estas marcas, quien más próximo se encuentre a ésta intervenga rápidamente a corregir la disfunción. Una tarea que, en base a cómo se sitúa el equipo, sobre todo en mediocampo, recae en incontables ocasiones sobre sus tres centrales; los cuales, en base a cuántos hombres amenacen su integridad, así se repartirán sus funciones. Si son tres atacantes, como por ejemplo presentó la Roma hace escasos quince días, Gasperini responde con su trío de zagueros al completo. Aunque la situación es muy distinta cuando la ofensiva se reparte entre uno o dos hombres a lo sumo, pues entonces el central de en medio, quien suele ser Caldara, pasa de marcador a corrector. Y ya sea él, el joven cedido por la Juventus, o cualquier otro el elegido en cuestión por Gasperini, está función de coche escoba es primordial para mantenerlo todo en orden. Bajo control. Y esta, por increíble que parezca, es una fase que los centrales solo demuestran alcanzar cuantos más metros tengan a su espalda. Pues si por algo no destaca precisamente esta Atalanta es por la protección de su propia área.

En salida, el equipo conforma una especie de rombo

Pero no todo es a blanco y negro para la Atalanta. Sus defensores, además de cumplir con sus funciones más intrínsecas, también son los primeros distribuidores del juego. El cual, conviene aquí detenerse, inicia por costumbre de una manera también distinta a la convencional. Con el balón en los pies del central más meridional, sus otros dos homónimos pasan a escoltar la acción por fuera, bien abiertos a ambos lados, desde donde la Atalanta progresa con la seguridad de que, en caso de pérdida, el rival quedará siempre coaccionado a controlar el esférico y levantar la cabeza sin el mismo margen que, por contra, tendría al redimir la posesión sin otras líneas que las que dan forma al área o al círculo central. Una propuesta, que además de custodiar la suya propia, coacciona la presión del rival. Pues este, si no cuenta con extremos para ello, debe impedir el avance de la cuadrilla de Gasperini con sus volantes, sus laterales y, por supuesto, teniendo en cuenta el sacrificio que esto supone para los futbolistas que actúan más centrados. Unos medios, volviendo al ejercicio bergamasco, que cumplen con la función de, siendo siempre dos, arquear la posesión hacia fuera y, cuando esta llega arriba, irrumpir en segunda línea

Una función, esta última, que sobre todo recae sobre Freuler, quien además de llegar hasta la frontal, desde donde no solo ataca sino que también contribuye a presionar, es el encargado de activar al Papu Gómez. Dentro de un estilo tan vertical como el de la Atalanta, de tanto ida y vuelta, el argentino es un oasis a la hora de acometer cualquier contragolpe. Ya que el capitán, quien suele partir muy abierto por el lado izquierdo, detenta un cambio de ritmo súper irritante para cualquier defensa. Tanto para acelerar con espacios por delante, como para bajar de revoluciones en caso de lanzar al carrilero de su mismo lado -Spinazzola-, Gómez cumple con la noble máxima del que todo lo que toca, mejora. Junto a él, para actuar algo más por dentro, se encuentra Ilicic. Y el esloveno, que ha recuperado su confianza con parte de la que le ha prestado Gasperini para primero traerlo y después ponerlo a jugar siempre desde el inicio, ya es el mejor socio del futbolista argentino. Ellos dos, con Petagna o Cornelius por delante, son los encargados de dar forma a un sistema cada vez más sólido. Hay cosas que jamás pasarán de moda. 

- Fuente imagen principal: Getty Images Europe.

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