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GUARDIOLA, ALLEGRI Y LOS CAMBIOS

Ni los más ilusionistas se hubiesen atrevido a pronosticar que, con la multitud de bajas que acaecía el encuentro, ésta eliminatoria entre Bayern Múnich y Juventus bien será recordada como una de las mejores, sino la mejor, desde que la Copa de Europa adoptase su último y actual formato allá por 1992. La Juventus, que en la ida había sido capaz de remontar un 0-2 en contra, viajaba a Alemania con el objetivo de ver portería y las ausencias de tres futbolistas de renombre como Claudio Marchisio, Giorgio Chiellini y Paulo Dybala. En el Bayern, sumadas a sus ya conocidas lesiones en el centro de la zaga, había que sumarle la de un Arjen Robben que, por un problema febril, también se quedó fuera.

Los jugadores del Bayern celebran el gol de Coman (4-2). Foto: Getty Images

Durante la década comprendida entre 1985 y 1995 toda Europa seguía atónita la rivalidad que Anatoli Kárpov y Garri Kaspárov lidiaron sobre un tablero de ajedrez. El duelo, no solo representaba una confrontación en el aspecto de interpretar y mover las piezas sobre el clásico cuadrado blanquinegro, sino que además algunos quisieron trascender la batalla hasta el campo político. Ambos, rusos de nacimiento, representaban ideologías completamente opuestas: el primero, Kárpov, era un conocido defensor de la Rusia más soviética; mientras que el segundo, Kaspárov, brindaba por una transformación del país, lo que incluso le llevó a fundar el Partido Demócrata de Rusia, junto a Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin. Pero dejando a un lado el tema político, centrándonos en la rivalidad, y ejerciendo un pequeño símil con el movimiento de las piezas sobre el césped, lo vivido ayer en el Allianz Arena no fue sino otra cosa que una pletórica batalla de ajedrecistas entre Massimiliano Allegri y Pep Guardiola.

La Juventus quiso, pero no consiguió dar jaque mate al encuentro:

Con las ya mencionadas ausencias de Marchisio, Chiellini, Dybala y un Mandzukic que fue seria duda hasta el último momento, el italiano dispuso de un asimétrico 4-5-1 inicial. Atrás no había dudas puesto que, por delante de la línea de gol, Lichtsteiner, Barzagli, Bonucci y Evra formaron la línea defensiva. Cuadrado y Álex Sandro, incrustados en los costados, partían pegados a la cal. Mientras que Khedira y Hernanes se ocupaban de resguardar zonas más interiores. Y es aquí, en la zona centro, donde apareció la fundamental desigualdad del cuadro bianconero. Sin una pieza móvil, como bien podría ser Dybala, que acompañase a Morata en el ataque, fue Pogba el encargado de dirigir el ejercicio de presión que el cuadro bianconero impuso desde el primer minuto del partido. Libre de movimientos a simple vista, en un vistazo algo más analítico, los movimientos del francés iban encaminados a obstaculizar el clásico movimiento interior de Phillip Lahm. Y lo cierto, es que funcionó. En un ejercicio coral, Morata presionaba al poseedor del esférico, Pogba corría hacia el sector izquierdo, Álex Sandro achicaba el sector, Cuadrado arrinconaba la presión y tanto Khedira como Hernanes arrastraban al colectivo con su actividad para cerrar y anticipar cualquier tipo de recepción rival.

Y así, en un descuido provocado por la buena disposición de la Juventus, que Alaba y Neuer se encargaron de acrecentar con sendos fallos en el despeje, el Bayern recibió el primero. Tan solo habían transcurrido cinco minutos, y el equipo alemán ya había sido zarandeado contra las cuerdas de su propio domicilio. Pero no contento, consciente del mal momento que estaba atravesando el equipo bávaro y de que un segundo gol bien podría abrir de par en par las puertas de la clasificación al cuadro juventino, Álvaro Morata protagonizó una carrera que, a buen seguro, todo aficionado al fútbol tardará mucho tiempo en poder olvidar. Armado de su potente verticalidad y con una facilidad casi pasmosa, el delantero español presente en la eliminatoria debido a la ausencia de los dos puntales más habituales, volvió a relucir su idilio con la máxima competición continental. Y, sobre todo, demostró el por qué su ausencia en el once titular del encuentro de ida fue una decisión no del todo entendida. Con el balón siempre en contacto de su pie derecho y sorteando una serie de rivales que intentaron salirle al paso, Morata sirvió a Cuadrado el segundo tanto. Primero fue Pogba, después el colombiano y, mientras tanto, el ‘9’ de la Juventus vio cómo su oportunidad fue reclinada por un inexistente fuera de juego. Después, también llegaría una intervención de Neuer que acabaría contra su propio poste. Bien armada posicionalmente y desgañitándose en cada acción de contragolpe, la Juventus sin embargo encauzó la bocana de vestuarios con una alegría contenida: ganaba por cero goles a dos, pero el Bayern se marchaba cojeando, que no abatido, al tiempo de descanso.

El Bayern resolvió por más cabeza que piernas:

Mehdi Benatia, que tampoco pasa por su mejor momento físico, dejó su sitio a Bernat recién comenzado el segundo tiempo. De esta forma, y como ya sucedió en el encuentro de Turín, Alaba pasaba a formar en el centro de la defensa con Kimmich, mientras que Lahm y el recién incorporado Bernat flanquearían de forma teórica, que no práctica, desde los laterales. Por su entrenador, su condición de local, su nombre y, en definitiva, su necesidad de remontar la eliminatoria, el Bayern consiguió dar un paso adelante que, con el segundo cambio: el de Coman por Xabi Alonso, se terminó convirtiendo en zancada. Sin Robben sobre el terreno de juego, fueron Douglas Costa y Ribéry los encargados de ocupar los extremos. Sin embargo, y con la entrada del francés al campo, el brasileño acogió una posición más interior en su juego. El Bayern se adueñó por completo del encuentro y la Juventus comenzó a acusar el mayor de los desgastes físicos, y también mentales, que se pueden producir en el fútbol: el de perseguir la sombra de un balón que no ves más que para despejar. Si bien es cierto que, llegados a este punto, y con el miedo de sacar del césped a una de las piezas que tan bien había funcionado durante la primera parte, Allegri se vio obligado a realizar uno de sus cambios más habituales: Khedira, que ya acusaba en sus giros y coberturas claros signos de cansancio, dejó paso a Sturaro.

Sin embargo, aunque el Bayern fuese ganando cada vez más metros sobre terreno bianconero, no fue hasta el último tramo del encuentro cuando la Juventus vio peligrar de forma trágica su pase a los octavos de final. En una decisión que solo parece encontrar respuesta en el aspecto puramente físico, Massimiliano Allegri decidió sacar del campo a su única respuesta ofensiva: Álvaro Morata. Si bien es cierto que el español estaba firmando una actuación antológica gracias a su tremenda punta de velocidad que, en momentos, llegó a superar a la del propio David Alaba, la figura de Mario Mandzukic ingresaba en escena con más dudas que certezas. El croata podría aguantar el balón, jugarlo de espaldas e incluso rematar mejor en el área contraria, pero ante tal desgaste las piernas de sus nueve compañeros restantes no parecían responder con la misma frescura que las del conjunto alemán, pese a contar por lo general con la misma carga de minutos en el encuentro. Como si de un efecto dominó se tratara, apenas había tomado asiento Morata en el banquillo cuando Robert Lewandowski consiguió acomodar al fondo de la red una magnífica asistencia de Douglas Costa. 

Massimiliano Allegri (sobre el cambio de Morata): “Lo estaba haciendo bien, pero he decidido dar entrada a un futbolista más fresco como Mandzukic que podría aprovechar la baja estatura de los defensores del Bayern. Sin embargo, ha retrasado mucho su posición y, en consecuencia, ellos han alzado a sus centrales. En el setenta estábamos ya muy atrás, y hemos terminado por encajar el gol. El fútbol es bestial”. 

Restaban poco más de diez minutos, cuando el Bayern asediaba a través de centros, recuperaciones a gran altura y remates la portería de una Juventus que, con el gol en contra, ante una evidente incapacidad para responder a gran velocidad y también para defenderse con la misma frescura de la primera parte, terminó por caer con el empate de Müller en el tiempo de descuento. Como suele ser habitual en estos casos, el tanto del alemán pesó más en lo anímico que en el propio resultado que estiraba el encuentro como mínimo hasta la prórroga. En los treinta minutos de alargue, y ya con Thiago sobre el césped, el Bayern terminó por sellar el encuentro y una clasificación que, más allá del resultado, evidencia dos cosas: la primera, no es otra que aplaudir la gran lectura que ejerció Guardiola en su baile de piezas durante el tramo fundamental del encuentro y, la segunda, es la de consagrar a una Juventus que, tras llegar a la final del año pasado y casi eliminar al Bayern en su propio campo en la presente edición, vuelve a forma parte de la élite del fútbol europeo.  
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