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TODA CIUDAD NECESITA UN HÉROE

Con la misma sospecha con la que un joven recibe la noticia sobre la inexistencia de los tres hombres venidos desde el más lejano Oriente, los raulistas, que ni mucho menos se distancian del espíritu anteriormente expuesto, suspiraron en la madrugada de ayer con un aire melancólico. Casi triste. El tiempo es quien ha acabado retirando el velo. Existían certezas de una realidad distinta. Pero no por ello, en el momento de esclarecer lo realmente cierto, la situación ha resultado menos violenta. Anoche, los tres últimos toques del silbato retumbaron como la sirena de un colegio, o la alarma de un despertador. Significaron el final de una bella época. Y demostraron que no hay mayor miedo al futuro que el propio paso del tiempo.




Desprovistos de cualquier capacidad sensorial que pudiese alterar sus acomodados periodos vacacionales, es como todos los años reciben cientos de miles de pequeños la Navidad. No ven más allá de la ilustración en la revista, sin fijarse en la presencia del precio (dando por hecho que el ser mago te asciende económicamente hablando), no atienden a los diálogos familiares llevados a la clandestinidad, ni mucho menos imprimen cierta lógica en la existencia de diferentes cameos por parte los tres personajes, a la misma hora, en distantes puntos del territorio. Cosas de la edad. No muy distinto es el caso de todos aquellos que, desde bien pequeños, hemos creído en Raúl como un superhéroe imaginario. Con capa (o mejor dicho, capote) y sin mayor poder que el de su adelantada inteligencia. En cada encuentro, desaparecía del terreno de juego, disimulaba entre las sombras y, en el momento clave, aparecía, siempre antes que el resto -por posición, más que por velocidad-, para poner el balón en su lugar.

Cuantos más años hacia el superhéroe, y más cercano estaba su fin, más pequeños parecíamos hacernos todos, desamparados por el mero hecho de pensar en un momento sin su protección. Independientemente de la tristeza que todos pudimos experimentar cuando la figura emigró, sus posteriores periplos en Alemania, Emiratos Árabes y Nueva York, los quisimos transformar como la exportación de un prodigio. A esas alturas, nadie quería pensar en un capítulo menos del cuento. Porque, al fin y al cabo, toda gran ciudad necesita un héroe. A Raúl se le llevó con la Selección porque todo niño, al menos una vez, merecía celebrar un gol del ‘7’. Y su beso en el dedo anular, pronto se convirtió en un festejo nacional.

Pero el pasado mes de octubre, y aprovechando la clausura de la NASL, el propio futbolista anunció de manera irrevocable su decisión de colgar el antifaz. Y lo hizo a lo grande, coronándose con un nuevo título en su inacabable palmares como profesional. Aunque, más allá de sus inequívocas distinciones, que jamás podrán ocultar la ausencia de un Balón de Oro y, al menos, un trofeo con repercusión internacional (por ejemplo, una Eurocopa) la dimensión del propio futbolista se midió anoche: él solo consiguió mantener despierta a media España en la madrugada de un domingo, pendiente de una televisión con un partido de fútbol, de una liga que no es ni muchos menos la mejor de un país con tan poca tradición futbolística como son los Estados Unidos. Y salió del césped, parecido al de un campo regional, con el We Are The Champions de fondo. No existe mejor forma para definir a Raúl González Blanco. Mi héroe. 
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