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Análisis: FC Barcelona 2-1 Real Madrid

@AdrianBlanco_


Dieciocho victorias y tan solo una derrota. Sesenta y un goles a favor y catorce en contra. De forma escueta, así es como podríamos definir el inicio de año 2015 para el Fútbol Club Barcelona. Recuperando resultados, fútbol y sobre todo sensaciones, el conjunto de Luis Enrique recibía al actual campeón de Europa en una situación muy opuesta a la del último Clásico del Santiago Bernabéu. Los de Ancelotti, segundos y con el susto aún en el cuerpo de la vuelta de octavos, aterrizaba en el Camp Nou con las maletas cargadas de dudas e inseguridades evidenciadas en cinco derrotas (sin contar la de ayer) y dos empates. Veintinueve tantos conseguidos y diecinueve recibidos. Unos números en absoluta contradicción si son comparados a los del primer tramo de Liga. Y pese a que la tónica durante gran parte del partido fue muy distinta, y los números se convirtieron en lo que son, meras estadísticas, la eficacia en los centímetros volvió a traducirse en diferencial. 



La reaparición de Sergio Busquets en la convocatoria, tras superar su inoportuna lesión de hace un par de semanas, se convirtió hasta el último momento, en la única duda de dos esquemas, o lo que es lo mismo, veintidós nombres que desde hace bastante tiempo dejaron de ser un enigma. Luis Enrique no arriesgó y Mascherano ejerció como pivote en mediocampo. Con Jordi Alba y Dani Alves en los laterales, Piqué y Mathieu ejercieron como pareja de centrales. Iniesta y Rakitic fueron los interiores. Mientras que arriba, el ya archiconocido tridente formado por Luis Suárez, Messi y Neymar completaban un once (casi) de gala. Por parte de los de Ancelotti, las cuestiones estaban mucho más despejadas. Casillas volvió a recuperar la titularidad. Carvajal y Marcelo, ejercieron en los costados. Pepe y Ramos, completaron la zaga por dentro. Toni Kroos y Luka Modric ejercían en la sala de máquinas. Isco y Bale pegados a la línea de cal. Mientras que Cristiano y Benzema completaban el 4-4-2 que todo aficionado madridista ansiaba desde la exhibición de Baviera. La consolidación inequívoca de que el apoyo del galés por banda y la incombustible gasolina de la que se alimenta el malagueño, componen el equilibrio necesario con el que el Real Madrid sale a competir ante cualquier rival de grosa identidad.
 


La superioridad a partir del 4-4-2:


El Real Madrid llegó a coquetear con las mejores sensaciones de todo el 2015 durante prácticamente setenta minutos del encuentro. Inició el choque atrás. Cediendo toda iniciativa al rival y midiendo cada acción en la que meter la pierna. Supo sujetar toda combinación y arrancada del Barcelona, pese a que una cuestión de posicionamiento y centímetros se convirtieron en el único lunar del conjunto blanco en la primera mitad. Modric y Kroos obstaculizaron toda opción de pase interior. Bale, reculaba para taponar –y ayudar a Carvajal– en todas y cada una de las acciones de Neymar en el costado. Mientras que la velocidad e inteligencia de Pepe (que completó un sensacional primer tiempo) en la anticipación, resultaron claves para que en la frontal, ningún jugador culé se pudiese girar. A partir de ahí, y pese al tanto recibido, los de Ancelotti consiguieron ir creciendo. El equipo se desperezó y el desencadenante en el 4-3-3, sumado a la debilidad que encontró en la banda de Dani Alves, lo cambió todo. Marcelo, Modric, Isco, Cristiano y Benzema consiguieron hacer volar al conjunto merengue. La intensidad en la presión, asfixió al Barcelona en la elaboración. Y de las continuas equivocaciones, el Real Madrid consiguió una y otra vez, poner contra las cuerdas al rival. Fue entonces cuando la magia del mejor ‘medio-delantero’ del mundo entró en escena. Es en el momento de la recuperación de Luka Modric, en una parte muy comprometida del campo, cuando la fría pero elegante mente de Karim Benzema ya tenía tres cosas en la cabeza: el desmarque, visionar la posición de Cristiano y servir con un sutil taconazo la asistencia al portugués. Y las tres, salieron bien. Los de Ancelotti consiguieron empatar. Y desde ahí (minuto 31), hasta prácticamente la hora de encuentro, el Real Madrid dispuso de las ocasiones y el nivel de juego suficientes con los que noquear a los de Luis Enrique. Pero la cuestión de los centímetros –una vez más-, sumados a la vuelta del mejor Piqué y los reflejos de un Claudio Bravo muy cercano a su zenit en cuanto a nivel profesional, se opusieron a ello.


La exhibición defensiva de Gerard Piqué:


Completando un partido que cerca estuvo de rozar la perfección, el estado de gracia en el que actualmente reside Gerard Piqué, y que ayer se encargó de reafirmar, se tradujo en una de las claves por la cual el Fútbol Club Barcelona consiguió no dejar escapar ni un solo punto de un encuentro, que por momentos, pareció irremediablemente encaminado a ello. Obteniendo un elevado número de pases completados (concretamente, 89%), cinco entradas a ras de suelo (100%), seis recuperaciones (100%), cinco despejes (100%) y sin cometer ni una sola falta sobre el rival. Siempre atento. Rápido y bien posicionado para deshacer toda acción ofensiva del Real Madrid. El 'Clásico' del central catalán, recordó a una de sus muchas excelentes versiones de cuando aún Guardiola habitaba sobre el banquillo del Camp Nou. Una absoluta exhibición, que sumada a las más que correctas actuaciones de Pepe y Mathieu, generan un contraste incuestionable comparado con un Sergio Ramos, al que la falta de ritmo y sensaciones, le hicieron rendir muy por debajo de su nivel.

Gráfico con los pases completados de Gerard Piqué durante el encuentro. Fuente: Squawka


El golpe anímico de los tantos:


“El dos a uno, nos mató mentalmente. A partir de ahí, no volvimos a jugar como equipo”. Así de tajante, hablaba Luka Modric en los micrófonos de Canal+ en la zona mixta posterior al encuentro. Y la verdad, que razón no le faltaba. Si en un primer momento, el Real Madrid supo crecerse en la adversidad de haber encajado un tanto a balón parado (el de Mathieu), como resultado al desorden y la desconcentración defensiva. Los de Carlo Ancelotti, supieron remar hasta encontrar su merecido trofeo. El tanto del empate a uno. A partir de ese momento, el conjunto merengue consiguió venirse arriba. Hasta el punto, de dominar el encuentro y de asestar, hasta casi derribar, a golpe de transiciones a un Barcelona, que en más de una ocasión, mostró claras evidencias de encontrarse totalmente K.O. Pero, el Madrid no consiguió rematar la faena, y de nuevo, un desajuste defensivo, del cual Luis Suárez y su oportunismo goleador, supieron aprovechar para zafarse y desquebrajar moral y mentalmente a un Real Madrid, que desde ese momento y hasta el final, no fue capaz de cortar con la hemorragia que lo deshizo de cualquier posibilidad.

Luis Suárez remata en una situación forzada el 2-1 del encuentro. FOTO: Goal.com


La tranquilidad del 4-3-3:

Con la ventaja del dos a uno en el marcador, y el casi ahincó del Real Madrid sobre la lona, Luis Enrique entendió –de muy buena formaque la vuelta a los orígenes supondría el empujón definitivo con el que acabar de tumbar al conjunto rival. La entrada de tres centrocampistas de toque, se convirtió en la dosis de veneno necesaria. Transformada en pausa, seguridad y tranquilidad; Busquets, Xavi y Rafinha, sumado a la aparición de Messi en la recta final del encuentro, permitieron que el Barcelona pudiese contemporizar, e incluso lanzarse a contragolpear en alguna que otra acción que de forma casi sorprendente no supuso el golpe final a un Real Madrid exhausto de fuerzas con las que simplemente apretar los dientes para correr detrás del balón. En definitiva, victoria para un conjunto culé que aventaja ya al eterno rival, y que pese a que quizás a los puntos no fue superior, sí demostró que en el intercambio de golpes, la destreza en el cuándo, el dónde y el cómo desempeñan el papel más importante de toda batalla.
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