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Análisis: CSKA Moscú 1-1 AS Roma

@AdrianBlanco_

Aún afectados y mareados -en cuanto al nivel de juego- de los duros y consecutivos mazazos cosechados a manos de la apisonadora de Múnich, el 25 de Noviembre de 2014, era sin ninguna duda, una de las fechas europeas más importantes de la última década en la capital de Italia. Vivir o morir en el hielo y la nieve de Moscú, esa era la cuestión para el equipo romanista. Enfrente, un CSKA venido a menos. Sin una sola victoria y con un solo gol a su favor, en lo que llevábamos de Noviembre (hasta la fecha) y con la única opción de clasificarse en el billete del 25-N antes de visitar el Allianz Arena, allá por mediados de Diciembre. Algo más que solo tres puntos, los que había en juego en el Khimki Arena de la capital rusa.

Onces iniciales de uno y otro equipo

En cuanto a los plantamientos; el CSKA salió con un 4-1-4-1 bien definido. Akinfeev bajo palos. Fernnades y Schennikov en los laterales, y Berezutski (suyo fue el gol del empate) e Ignasevich como centrales. Natcho como pivote. Por delante, Ermenko y Cauna en el centro y Musa y Dzagoev en los costados. Y en punta, solo Doumbia. Un once capaz de replegar y ceder la iniciativa, una y otra vez, como de presionar en un solo bloque y dificultar la salida rival. Por parte de la Roma; los de Rudi García formaron con su inamovible 4-3-3. De Sanctis -y sus dudas inseguras- en portería. Florenzi (¡Ojo! sí, Florenzi) y Holebas como laterales y Manolas y Astori como centrales. Es decir, una defensa completamente distinta si echamos la vista solo unos cuantos meses atrás. En el medio, De Rossi acompañado por Nainggolan y Keita. Y arriba, la velocidad de Gervinho y Ljajic. Y la veterania y calidad del emperador Francesco Totti y su cañón. 




El encuentro inicialmente se desarrolló desde el trabajo y orden defensivo del CSKA en el repliegue. La Roma era dueña del balón, y de nada más. Una posesión sin veneno. Solo de estadísticas. Y reforzada por una continua imprecisión en la línea ofensiva del último pase. Una y otra vez, los italianos chocaban contra el frío y el muro del Khimki Arena de Moscú. Una y otra vez, sin dejar visibles grietas. Armados en su 4-1-4-1 los locales intentaron no sufrir, y correr a los espacios que iban dejando los de Rudi García. Pero, una y otra vez, Doumbia erraba en sus decisiones. Nainggolan y Keita se repartían el trabajo y la iniciativa 'giallorossa'. Mientras que Gervinho y Ljajic intentaban revolucionar desde las bandas. Todos ellos, gritados, comandados y abroncados desde el '10' en la mediapunta. Fue entonces, cuando apareció Alessandro Florenzi -en una posición muy distinta a la suya, hoy, como lateral derecho-. El '24' de la Roma fue un huracán. El único frente capaz de contrarrestar el viento de Moscú capaz de agrietar la fortaleza defensiva. Rápidamente. Una y otra vez. Hasta que se agrietó.




Florenzi consiguió hacer la raja, el hielo la ensanchó, y Francesco Totti (¡quién sino!) la reventó. Un derechazo al borde del descanso y desde la frontal, consiguió vencer por primera y única vez el frío y viento que corrían racheados por el estadio moscovita. Casualidades o no, el gol llegó en un momento clave. Justo al borde del descanso, y en el rato en el que parecía que más frío hacía. Casualidad del gol o no, los pocos asientos ocupados del Khimki Arena prefirieron taparse la boca y la garganta todos en el mismo momento. Como si conscientes de que un emperador, acababa de fusilar a todo un escuadrón, delante de sus propios ojos. Un resultado justo, al descanso, que poco podría presagiar los vientos del segundo tiempo.

Una y otra vez, las gotas de lluvia golpeaban la ventana de mi cuarto. Una y otra vez Slutski se balanceaba sobre su banquillo en busca de calor. Una y otra vez, Francesco Totti hacia historia sobre un campo de fútbol. Nada nuevo, la verdad.

La seguna mitad, fue completamente opuesta a la primera. El viento parecía soplar en contra de los italianos. Y estos, poco a poco, fueron reculando sobre su portería. Ayudados por el aire, o no. Los de Moscú consiguieron circular más rápido con el balón en los pies. Más dominadores. Más cómodos. Y más peligrosos. Una y otra vez, se acercaban sobre el área de la 'loba'. Rudi decidió cambiar. Florenzi ya no correría más por el costado, y Keita y Nainggolan intercambiarían lados en el mediocampo. Todo por intentar soportar un frío viento que cada vez racheaba con mayor intensidad. Pese al aguante, Roma acabó vencida. De Sanctis salvaba, y acto seguido resoplaba un humo blanco por su boca. Una y otra vez. Como si tabaco rubio fumara. Hasta que también se cayó. Un centro largo, aprovechando el efecto y el viento, y dos dermarques de ruptura, fueron suficientes para derribar el panteón con el que el entrenador francés salió a defenderse en los últimos cuarenta y cinco minutos. Casualidades con la historia, o no. Quizá, Roma quiso volver a defender su imperio durante demasiado tiempo.

Al final, los moscovitas tuvieron su recompensa. Un empate. Y es que, una y otra vez los rusos se sirvieron de su empeño y su trabajo. Y una y otra vez, los italianos, la acabaron fastidiando en el plano europeo. Un punto que de poco sirve a ambos, pero que permite dar esperanzas a un Manchester City que tendrá que visitar el Olímpico dentro de unas semanas. Para entonces, no habrá vientos. Pero sí arena y leones.
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